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domingo, noviembre 26, 2006

Que lastima, pero adios...

Se supone que debiera estar saltando en una pata por la gran noticia que recibí el jueves en la noche, pero por alguna extraña razón no lo estoy. Mi estado anímico más bien podría calificarse como nostálgico.
Resulta que estaba yo, en “estado de coma“ descansando en mi cama después de un día horroroso, cuando suena el teléfono. Era una ex jefa que me llamaba para invitarme a trabajar con ella. Mejor ambiente, mejor sueldo, nuevos temas, etc. Todo demasiado bien y por supuesto que dije que sí al instante. Mis plegarias habían sido finalmente escuchadas.
Después del shock inicial y de ensayar mil veces como le voy a decir a mi actual jefa que renuncio, me ha invadido una sensación de melancolía que me tiene media tristona.
He estado recordando todos los buenos momentos (sí los hubo dentro del caos) que he pasado en esa oficina. Entre todos los que compartimos ese departamento nos convertimos en un verdadero “curso“, así como los de colegio. Esos con los que celebras y lloras, te peleas, te reconcilias, te ríes y te vas de paseo. Pero por sobretodo, esas personas que te marcan porque están ahí en los momentos importantes de tu vida.
Los cambios de etapa siempre me han producido esto. Me da la tontera y hago balances sentimentales. El comienzo de la época de Navidad tampoco ayuda mucho.
En las próximas dos semanas tengo que cerrar los temas pendientes y ordenar mis cosas de escritorio. Pero lo más difícil, despedirme de cada uno de ellos. Me siento como Felicity, que cada término de temporada cerraba la puerta de su dormitorio y partía con su maleta a tomar el próximo tren. Lo esencial es invisible a los ojos, diría el zorro del Principito. Toda la razón.