Hace un año llegué a San Diego luego de una rápida decisión que no tomó más de dos semanas. Mis papás aún en el aeropuerto tenían cara de sorpresa y mis amigos hicieron malabares para estrujar la agenda con despedidas. Pero ese es el final de la historia. El motivo del viaje comenzó dos años antes, en Santiago. Trabajando frenéticamente en un organismo de gobierno, entre comunicados, conferencias de prensa, entrevistas y corre que corre todo el dia apagando incendios, conocí al que hoy es mi adorado marido. Me demoré como 5 meses en decidirme a salir con él, porque como trabajábamos en el mismo lugar el posible comienzo de relación se veía demasiado complicado desde todos los puntos de vista. Pero finalmente seguí mis instintos y en dos semanas ya estábamos “pololeando“ y al año casi estábamos viviendo juntos. Hasta ahí todo tranquilo, sino hubiera sido por la beca a San Diego que le dieron a él, que luego de 3 meses se transformó repentinamente en un ofrecimiento por un año más. Él en San Diego y yo en Santiago no sabíamos muy bien qué hacer ante este nuevo escenario. Pensábamos: un año no es una eternidad, pero sí lo suficiente para distanciar a cualquier pareja. Y nosotros teníamos la convicción y la voluntad de querer estar juntos por mucho tiempo más. Ahí vino la decisión de venirme, dejar la pega, armar maletas, cerrar departamento, despedirse de amigos y familia y partir a lo desconocido. No sólo me cambiaría de país y de idioma, sino que de estado civil.
Nos casamos el 26 de agosto del año pasado acá en San Diego, acompañados sólo por un amigo y mi hermana que viajó desde otro estado cual “embajadora“ del clan familiar. Todo el resto de la familia y amistades pudieron estar con nosotros de una manera muy especial: vieron la ceremonia por internet en oficinas, casas y cyber cafés, porque el registro civil de acá había inaugurado este servicio hacía una semana. Matrimonio por internet: sin duda una historia para contar a los nietos.
De ahí en adelante mi vida dió un giro de 180 grados, ya que por primera vez me regalé todo el tiempo que me debía. Me permití no tener nada quá hacer, salir a caminar sin rumbo, aprender bién un idioma, dormir siesta, llorar y patalear cuando bajaba la nostalgia, leer montones, conocer gente de todo el mundo, hacer amigos del alma, reordenar prioridades, enfermarme, hacer deporte, viajar y también pitutear cuando se acababa el presupuesto. Todo en un entorno demasiado agradable como es San Diego, ciudad que si bien no tiene la sofisticación de N.Y., ni menos el peso cultural de una ciudad europea, tiene mucho sol, muchas playas, mucho aire puro, mucha tranquilidad y el mejor clima que me ha tocado conocer.
Hoy, a punto de partir de vuelta a casa, puedo decir que éste ha sido el año más bonito y a la vez más difícil de mi vida. Que todas las experiencias vividas fueron al límite, las buenas y las malas. Y que esta decisión tan repentina y arriesgada valió la pena en un 100%. Porque como me enseñó mi adorada teacher al poco tiempo de llegada: “Life is short, eat dessert first“.Mañana, definitivamente será otro día.
